Uno de los grandes deportes con los que me he topado en la vida que más me han gustado es sin duda alguna el squash.

Aunque, en ocasiones catalogado como deporte de elitistas, el squash es un deporte que proporciona un medio seguro para liberar toda la tensión y agresividad que se almacena en una persona después de un día de arduo trabajo. Con los constantes golpes de la raqueta contra la bola y gracias a que la misma no rebota muy duro, uno se puede imaginar que está en un campo de batalla
del medievo, hacha en mano, combatiendo decenas de guerreros en armadura, cayendo ante los invencibles embates de nuestra poderosa raqueta – espada, forzándonos a anticipar los movimientos de nuestro adversario, siempre atentos a la alternancia entre golpes fuertes y débiles, y con ángulo o rectos, haciendo que nuestro oponente se vea forzado a cruzar la cancha corriendo de un lado a otro como desesperado dándose tremendos encontronazos contra la pared o las puertas en aquellas posiciones extremadamente complicadas de contestar. Y, sin embargo, son los partidos con más contestaciones los más entretenidos, a pesar de ser los más cansado
s. Porque no hay mejor momento que aquél en el que descargas tu furia contra esa bendita pelota verde, y los músculos te duelen de ir de un lado a otro, como loco, persiguiendo la meta de contestar el tiro y esperando que tu oponente cometa el error o que no le llegue para que puedas alcanzar la victoria. Sin embargo, como buen ganador y perdedor, nunca puede faltar el reconocimiento para el contrincante que nos ha servido, así como nosotros a él, para proporcio
narnos ese rato tan ameno. ¡Dios bendiga el squash!
